Padre  Alejandro Cortés González-Báez  

 

 

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Camiones de basura

Por medio del WhatsApp me llegó un simpático video que explica el por qué de muchas conductas humanas. La historia es breve y sencilla: Un hombre joven con un kipá, como suelen usar muchos judíos, sube a un taxi saludando al taxista por su nombre, el conductor es de raza negra, quien corresponde al saludo con gran confianza. Comienza un diálogo cordial entre los dos y, de repente, tienen que frenar bruscamente para evitar una coalición con un auto estacionado que se echa en reversa invadiendo el carril del tráfico. Lo curioso es que quien hizo la maniobra errónea se baja de su vehículo reclamando airadamente al taxista que por poco y lo choca. Éste sonriendo y con un gesto positivo, como disculpándose, evita la discusión. El pasajero del taxi, asombrado por la actitud de su conductor le dice: “¿Cómo puedes estar tan calmado y amigable? Ese tipo casi arruina tu coche y nos envía al hospital”. El taxista responde: “Bien, te diré algo: Las personas son como camiones de basura, se llenan de basura, de decepciones, de frustración y de ira, y cuando su basura se acumula, necesitan un lugar para arrojarla… y a veces te la arrojan a ti, pero, ¿sabes qué?, no te lo debes tomar como algo personal. Tú sólo sacúdetela, sonríe y deséales el bien, y sigue adelante. No dejes que esa basura se meta en tu trabajo, en tu casa o en las calles. Ama a aquellos que te tratan bien, y reza por los que no. La vida es 10% de lo que haces y el otro 90% es cómo lo tomes”. La lección es simple, aunque no lo sea vivir de acuerdo con esta actitud en todo momento. La experiencia tristemente es rica en ejemplos de personas que han llegado a perder la vida en un pleito de tráfico con un desconocido, por considerar una torpeza de manejo como si fuera un grave insulto personal.
Es cierto, no resulta fácil mantener la calma cuando un desconocido te echa el carro encima, cuando te dan un cerrón, y cuando —además— te insultan al protestar. Pero también nos servirá recordar que seguramente en más de una ocasión hemos sido nosotros los culpables de accidentes, o por lo menos de sustos que han molestado a otros conductores.
Si sirve de algo mi experiencia personal, cuando me suceden este tipo de incidentes, y en especial, cuando la persona que maneja con agresividad es una mujer, simplemente le doy gracias a Dios de que no estoy casado con ella, y sigo mi camino.
En la vida familiar estos asuntos adquieren una importancia mayor, pues nuestra capacidad de reacción es demasiado ágil, y las consecuencias que producen suelen dejar “cicatrices” en las personas que amamos. Destrozar es mucho más fácil que construir, y en un momento podemos echar abajo lo que nos ha costado años edificar.
En nuestro planeta hay demasiada violencia como para que nosotros también nos dediquemos a armar ejércitos con comentarios negativos y reacciones destempladas.


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