Padre  Alejandro Cortés González-Báez  

 

 

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Pobres jóvenes

En la actualidad a los jóvenes los han híper-sexualizado, pero no tienen idea del autocontrol. Se ha dogmatizado que lo que necesitaban era información, y ahora padecen de una híper-información. De hecho, la llamada educación sexual tiene un mínimo de educación y mucho de sexualidad; pues a lo único que se enfoca es a enseñar cómo usar algunos métodos para evitar los embarazos (que siguen a la alta) y evitar el contagio de las enfermedades de transmisión venéreas. No se está formando en las virtudes, ni tampoco a tener el carácter necesario para ir contra la corriente en una sociedad materialista, consumista y promiscua.
En cuanto a la información desmedida, podemos hacer una comparación con el agua, que siendo necesaria para el ser humano, puede terminar convirtiéndose en algo tan peligroso como un huracán.


El coaching —o procesos de ayuda— es el método que consiste en acompañar o instruir a una persona o a grupos, con el objetivo de cumplir metas o desarrollar habilidades específicas.


Un tipo de coaching es el asesoramiento personal enfocado a formar un proyecto de vida, trabajando en la formación integral de la persona. En definitiva: tener claros los objetivos personales y entrenarse en la adquisición de los hábitos necesarios para conseguirlos.


La labor de coaching personal ha de enfocarse a la maduración del individuo, no a fabricar personas que carecen de juicio propio y sólo se limitan a ejecutar materialmente lo que otro les dice. Por lo tanto, el trabajo del coach —o entrenador— ha de ser formar personas de criterio, con la capacidad de decisión suficiente para dirigir sus propias vidas de acuerdo con una jerarquía de valores adecuada a la naturaleza del hombre y de la sociedad, no a las modas sociales del momento.


Ser persona de criterio supone: madurez, firmeza de convicciones, una inteligencia educada en los principios éticos o morales permanentes, y fuerza de voluntad.


¿Y dónde podemos conseguir esos entrenadores? La respuesta es simple: a lo largo de los siglos han sido los padres de familia quienes han hecho esta labor, sin la profesionalidad deseada, pero usando el sentido común.

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