Padre  Alejandro Cortés González-Báez  

 

 

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El sexo, el sexo… Ra-ra-rá

Algunos tienen la idea de que a los clérigos y demás católicos nos asusta el sexo. Tal forma de pensar sería tan errónea como suponer que nos asusta respirar aire y beber agua limpia. Partimos pues de la premisa de que sin sexo no hay generación. En otras palabras, ninguno de nosotros estaríamos en este mundo si un óvulo no hubiera sido fecundado por un espermatozoide, y asustarse de esta maravillosa realidad sería señal de falta de criterio. En mi caso, me declaro 100% a favor del sexo.
En la biología existen dos sexos: masculino y femenino —me parece casi absurdo tener que aclarar esto, pero en nuestro tiempo tal parece que hay quienes no lo entienden—, quizás se deba a que no tienen clara la diferencia entre “ciencia” e “ideología”.
En el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española se define el término “ciencia” como: “Conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente”.
Por su parte, define “ideología” como: “Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político”.
El mismo diccionario enseña que la palabra “preferencia” debe entenderse como: “Primacía, ventaja o mayoría que alguien o algo tiene sobre otra persona o cosa, ya en el valor, ya en el merecimiento”. Dicho en otras palabras: Las preferencias son elecciones subjetivas, cambiantes y, por lo mismo, no necesarias, ni obligatorias.
Podemos concluir que elevar a nivel científico la ideología del género es un error de no poca importancia, y todo ello debido a las preferencias de algunas personas cuando estas tendencias no están determinadas por la naturaleza, sino por otros motivos singulares.
Hasta aquí nos estaríamos moviendo a nivel del uso del lenguaje, pero cuando este error se enseña a los niños —de acuerdo a unos programas educativos con la anuencia de los legisladores— estamos ante una aberración que puede dañar seriamente las vidas de los pequeños con graves consecuencias.

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