Padre  Alejandro Cortés González-Báez  

 

 

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¡Qué aburrimiento!

Nunca antes habíamos contado con tantos medios para aprender, divertirnos y, sin embargo, quizás seguimos tan aburridos como nuestros abuelos quienes, al final de la jornada, salían al portal de la casa a platicar de todo y de nada esperando que llegara la hora de acostarse.
¡Cuánto joven aburrido y cuánta gente aburrada! Y aunque el tiempo de solaz no debe valorarse como malo, gastarlo en boberías sí lo es.
Cuando decimos: “Perder el tiempo”, corremos el riesgo de entenderlo como algo impersonal. Opino que sería más provechoso decir perder “mi” tiempo, es decir, una parte irrepetible de la única vida que tengo y no lo puedo recuperar a diferencia del dinero, el poder y, en algunos casos, la salud.
Aburrirme en esta época es posible en la medida en que no soy consciente de lo que soy, lo que valgo y de mi último objetivo. Corremos el peligro de ver los medios como si fueran nuestro fin y, por lo tanto, perseguirlos como si de ello dependiera nuestra felicidad. Es entonces cuando todo nos sabe a nada; cuando decimos: ¿Y todo, para esto? o simplemente: “No valió la pena”.
Todos buscamos ser felices, pero no sabemos cómo. Por eso trabajamos muchas horas, nos llenamos de actividades y vemos tantas películas, pero conservamos esa sensación de vacío.
¿Será que todavía no alcanzamos el grado de poder que sea capaz de saciarnos? ¿Será que necesitamos ganar cuatro veces más nuestro sueldo para conseguirlo? ¿Será que una esposa, o un marido, y los hijos que con ellos se tengan, no bastan para llenar nuestras ansias de amar? ¿Será que la casa y los coches que tenemos no son suficientes para no envidiar a nuestros cuñados? ¿No será que no somos capaces de darnos cuenta que la felicidad anda por rumbos distintos a los que la publicidad nos invita?
¿Por qué no somos felices? Por que tenemos los sentidos despiertos y el alma dormida; porque no sabemos amar; no sabemos escuchar; y para algunos las cosas valen más que las personas; porque le tenemos pavor al dolor y al sufrimiento y sabemos que algún día nos morderán… y porque sabemos que vamos a morir… ¡y no estamos preparados!
Una última pregunta: ¿Y si tuviéramos más fe en Dios?

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