La “soledad” de Francisco
Autor: Padre Alejandro Cortés González-Báez
A las personas mayores nos da por quejarnos amargamente de
cómo están las cosas, perdiendo de vista, que mucha de la culpa
es nuestra. No siempre nos hemos portado de acuerdo a nuestras
finas conciencias, dejando que en la conducta, y en las palabras,
se filtren humedades pestilentes. Esos malos olores y el salitre de
nuestra incongruencia terminan por hacerse patentes y
decepcionantes a los ojos de los demás y, por lo mismo, dando
mal ejemplo.
Dado que la familia es la célula de la sociedad, tenemos que
admitir que la sociedad no es la única culpable de cómo están las
cosas. Es cierto que en el ambiente social, es decir, en aquello
que está fuera de nuestros hogares, flotan aires contaminados
donde se respira una gran falta de respeto a la dignidad humana
en aspectos jurídicos, médicos, artísticos, etc. y un relativismo
moral galopante que está dejando indefensos a niños, jóvenes y
mayores. Pienso que lo peor que le puede pasar al ser humano es
perder la noción de bien y mal.
Cuando se pierde la conciencia moral las normas de conducta son
los instintos y el hombre queda a nivel de los animales. Entonces
los avances técnicos y científicos nos hacen más peligrosos y, al
mismo tiempo, más vulnerables. Los “Consejos de Ancianos”, que
eran consultados en la antigüedad por la mayoría de los pueblos,
han sido sustituidos por las opiniones de los artistas de cine y
televisión, con funestas consecuencias.
Por si fuera poco, tenemos medios de comunicación maravillosos
los cuales, bien usados, nos brindan oportunidades de
crecimiento cultural de primer orden, pero mal usados pueden
pervertir a cualquiera. El cuarto poder –la prensa y sus similares–
suelen ser usados sin criterio, de forma tal, que en nada
benefician a la sociedad. Podemos pensar que gramatical, y
realmente, estamos viviendo en un presente imperfecto.
Ser conscientes del deterioro social es el primer paso; pero si
queremos que este mundo sea mejor, y si en verdad nos
interesan las futuras generaciones, hemos de ser proactivos y no
solamente críticos.
La humanidad cuenta con una enorme cantidad de talentos y
virtudes en miles o millones de personas que a diario están dando
lo mejor de ellas mismas sirviendo a los demás. Son, en imagen
de Salvador Díaz Mirón, como esas aves que cruzan el pantano
sin manchar sus plumajes. Sin embargo, la comercialización del
morbo no se fija en ellas, sino fundamentalmente en lo que huele
mal, en lo que produce escándalo, y lo magnifica para
enriquecerse cada día más.
Un santo de nuestros días, San Josemaría, nos invita a ser como
piedras caídas en el lago y producir con el ejemplo y la palabra
un primer círculo… y éste otro, y otro… y otro, y otro… Cada vez
más ancho.
Como el bien es de por sí difusivo, nos corresponde a nosotros
comportarnos de acuerdo a los consejos que solemos dar a los
demás, para predicar con nuestras obras, superando a ese gran
enemigo que es el pesimismo.