Padre  Alejandro Cortés González-Báez  

 

 

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Desde la prisión

 


A Entre lo mucho que se puede aprovechar de la reciente visita del Papa Francisco a México, quisiera aprovechar algunas ideas tomadas del testimonio de una interna del Centro de Rehabilitación Social No. 3 en Ciudad Juárez. Por lo que aquí recojo —y millones de personas pudimos escuchar— queda claro que esta mujer es un ejemplo de primer orden en la aceptación de los propios errores, y en la sabiduría para saber aprovechar unas circunstancias especialmente difíciles.

Es para mí un honor —dijo la Señora Évila Quintana— ser la voz que representa a los miles de hombres y mujeres que nos encontramos tras los muros y rejas de una prisión enfrentando procesos o cumpliendo alguna sentencia por los errores o malas decisiones cometidas en el pasado.

Su presencia en este centro es un llamado a la obra de misericordia para los internos de una prisión y sus familias. Es también un llamado para aquellos que se olvidaron de que aquí hay seres humanos, pues aunque seamos transgresores de la ley del hombre, y pecadores, la mayoría de nosotros tenemos la esperanza de la redención y en algunos casos la voluntad de conseguirla. Y es justo en estos lugares donde se pone a prueba tu fe y la fortaleza de tu espíritu.

Al inicio de este viaje llamado cárcel nos sentimos expuestos, vulnerables, solos, física y emocionalmente, parte de nosotros se ha ido, pero será en nuestro interior donde encontremos la fortaleza de cómo vivir esta experiencia.

Dentro de este centro las actividades religiosas constituyen un elemento primordial en nuestro tratamiento hacia la reinserción, y se convierten en el espacio personal y familiar de reflexión y conciencia de la magnitud de nuestros actos. Hoy nos alegramos porque las condiciones actuales de nuestro centro han permitido que tengamos acceso a nuestras actividades religiosas en un ambiente donde no se nos discrimina por ejercerlas y se nos alienta por atenderlas.
Agradecemos el gesto educador de nuestros instructores. Aquí nos podemos preparar, contamos con el tiempo de asistir a clases para no volver a ser víctimas de la ignorancia, tomamos talleres que nos hagan desear superar nuestro pasado y mejorar la manera en que visualizamos nuestro entorno.

Aprendamos un oficio que nos sirva de herramienta para enfrentar la libertad con dignidad. No todo ha terminado aquí, sólo es una pausa en nuestras vidas. Es un tiempo de reflexión sobre cómo quieres vivir y cómo anhelas que vivan tus hijos. Trabajemos en hacer que nuestros hijos e hijas no repitan nuestra historia.

Si la vida y nuestros actos nos pusieron en la oscuridad, no es para morir en ella, es para que iluminemos con nuestra fe y con nuestras ganas de cambiar. Asimismo a muchos de nosotros la Palabra de Dios nos ha llevado a entender que los muros de nuestra cárcel espiritual fueron levantados por nosotros mismos, por nuestros vicios, por nuestras pasiones mal encauzadas.

Un día le dije al Señor: “Sólo déjame ver que tus planes son mejores que los míos. Y fue justo entonces cuando encontré la respuesta para aquel: ¿Para qué estoy aquí?”.

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